“Compañeros del crimen” – Gema Palacios

Aunque pueda parecer extraño para alguien que no estudie lingüística, el lenguaje es un constructo. Es decir, las formas que utilizamos, las palabras, la gramática, todo forma parte de una especie de “contrato” según el cual todos convenimos utilizar una misma gramática y un mismo vocabulario. De hecho, una parte importante de la educación en la infancia es conocer y aprender a respetar estas normas (recuerdo aquella maestra que me hacía copiar decenas de veces todas las palabras que escribía mal, en vano). Una implicación de todo esto es que el lenguaje se puede romper. Podemos atacar los cimientos de este edificio que conocemos como lenguaje y ver como todo el edificio se tambalea. Gema Palacios hace esto en Compañeros de Crimen. Coloca explosivos en el aparcamiento del edificio y lo convierte en una ruina humeante para construir otro edificio a su antojo.

El lenguaje, su gramática y sus estructuras se nos presentan rotos en este poemario. Al igual que autores como Vicente Huidobro o Alejandra Pizarnik, Gema Palacios fragmenta el lenguaje y nos lo presenta roto y revuelto. Sus poemas no contienen ningún signo tipográfico (es decir, no hay puntos ni comas), y sus versos se distribuyen libremente por la pagina según el gusto de la autora, que en este libro hace del verso libre su bandera. Asimismo, el lenguaje usado coquetea con el español de América. Aparecen algunos rasgos del español americano, como la utilización de “vos”, en lugar de “tú”. Todo esto tiñe los versos de un toque de vanguardia y da la impresión de que esta poesía se escribió para ser leída en silencio, en intimidad. Esta ruptura total y absoluta con la tradición busca crear una especie de lenguaje nuevo, o más bien, una nueva forma de escribir poesía, otorgando prioridad al símbolo y a la idea frente a la gramática o el léxico.

Pese a esta aparente simpleza en el vocabulario, Compañeros de Crimen no es un poemario fácil de leer. La autora utiliza un excesivo simbolismo que unido al intimismo que puebla estos versos, hace que muchos poemas sean una autentica incógnita si no se leen un par de veces. El principal tema del poemario es la sexualidad. En estas páginas encontramos poemas dedicados a la masturbación, el sexo, el descubrimiento sexual de juventud o la atracción carnal por un hombre. Gema Palacios escribe sin pudor sobre cualquier cuestión relacionada con su sexualidad, en primera persona y no se siente avergonzada de compartir estos detalles con el lector. Todas las páginas de este libro rebosan sensualidad y feminidad.

Aléjense de este libro quienes, o bien gusten de la tradición y las formas clásicas, o bien quienes no disfruten desentrañado el significado de un poema dificil. Gema Palacios nos presenta esta obra a modo de “neoneovanguardia”, aunque esta ruptura con todo no es una ruptura del todo caprichosa. Quizás el lenguaje tal y como lo conocemos no nos deja expresar las sensaciones tal y como son, por su excesiva rigidez. Quizás los nuevos tiempos, la nueva manera de entender el mundo y el individuo claman por un nuevo lenguaje. O quizás no. Quizás depende del lector que lea estos versos.

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