“Todo lo zurdo” – Victor M. Díez

Tradicionalmente, la ciudad es contraria a la mística. Se considera que la ciudad es territorio de lo pragmático, de la bolsa, la producción de dinero y los altos bloques de pisos que luchan en vano por romper su uniformidad. Aquellos que buscaban desarrollar su vena mística se veían más o menos obligados a escapar de las urbes, ya sea de puertas para dentro, en la tranquilidad silenciosa de los conventos o fuera, en la exuberancia caótica de la naturaleza. No obstante desde siempre, pero especialmente a partir del siglo XIX, existen en las ciudades un grupo más o menos numeroso de individuos que pretenden desarrollar la espiritualidad en la urbe, especialmente a partir del arte y sobretodo, la música. Gente que rechaza el pragmatismo de la sociedad moderna en favor de una vida más ligada a la espiritualidad. De esta tradición bebe Victor M. Diez en los poemas que aparecen en su poemario, Todo lo zurdo.

El propio título nos indica por donde van los tiros en este poemario, remitiéndonos a todo lo que no es derecho, a todo lo que no está bien y en el fondo, no desea estarlo. Con una extensión considerable, Todo lo zurdo es un poemario dividido en seis partes con un mínimo de diez poemas cada una (generalmente muchas más), en donde se alterna el verso libre con la prosa poética. El autor va experimentando con formas de acercar el verso escrito a la voz oral, para ello, suprime las comas (aunque no los puntos ortográficos), y prueba con otros modos de marcar el rito, como los dobles espacios entre palabras o la distribución más o menos arbitraria de las palabras dentro de la línea.

No obstante, es en las partes en prosa donde verdaderamente brilla Todo lo zurdo. A destacar la cuarta parte, titulada Del diario imaginario de Denardo Coleman, en la que el protagonista, cuyo nombre aparece en el título, va dibujando poco a poco a su padre, un cantante de jazz, bohemio y poeta que recorre el mundo con su música, visitando cada ciudad como quien visita un bosque y reflexionando sobre la música en sí misma. Diez consigue describir perfectamente a un personaje imaginario a través de acciones y versos, sin necesidad de hablar explícitamente de él.

Esencialmente, Todo lo zurdo se podría encajar perfectamente dentro de la poesía de corte prosaico que se desarrolló durante el siglo XX. No necesita de formas métricas ni rima para establecer el ritmo que genera la poesía, ni necesita un lenguaje excesivamente cuidado para deslumbrar al lector, sino que se basa en el carácter, en la manera de decir algo. En este sentido, Diez se introduce en una larga tradición de autores como Bukowski o el recientemente galardonado con el premio Nobel, Dylan.

Irónicamente, estoy seguro de que la mayoría de los fans de este último no disfrutarían con la lectura de Todo lo zurdo. No sabría explicar a ciencia cierta por qué, pero estoy seguro de ello. Supongo que uno puede escribir como Dylan, pero eso no le convierte a uno en Bob Dylan.

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