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La identidad a través de objetos cortantes: “Navajazo”, de Julián Cañizares

Hace no mucho, conocí en la Tertulia Olivier de Oviedo a la poeta Gracia Aguilar, quien se mudo a Asturias recientemente. Nació en Albacete y por lo tanto, era algo casi de rigor que alguien mencionase el acero albaceteño, concretamente las navajas. Yo pensaba que ese tema sería una de esas cosas que hacen girar los ojos a los lugareños, pero no. Resultó que si que tenía una navaja y que es bastante típico para los nacidos en Albacete tener una pequeña hoja de acero. Ese mismo día, no sin un poco de humor, llegó a mis manos Navajazo, del también albanense Julián Cañizares Mata, publicado en La Isla de Siltolá, en esa colección que deja atrás sus portadas de cuadros (un diseño reconocible como pocos, una autentica marca de la casa) en favor de las portadas sencillas, con un solo color y las letras de título y autor bien grandes. Siltolá no defrauda a los fans de la edición, aun cuando hacen ediciones que buscan la sencillez.

Los poemas de Navajazo tienen a las navajas como protagonistas o más bien, la importancia de las navajas dentro de la esencia albaceteña es el núcleo de este poemario. En estas páginas descubrimos toda una serie de tradiciones que giran en torno a estos pequeños objetos cortantes, como la tradición de dar una moneda a quien te regala una navaja. Tradiciones que por momentos recuerdan a la importancia que tienen las navajas en otras culturas, como por ejemplo, los gauchos de Borges.

Llama la atención un concepto que se repite una y otra vez a lo largo de Navajazo: caber. Se nos habla de la importancia de “caber” en los sitios donde uno está. Es una especie de aspiración a ser parte del entorno, pero sin camuflarse o pasar desapercibido. Adaptarse al paisaje que uno habita, ser parte de él sin tener la necesidad de encajar, sin que haga falta cambiar nada para ello, como si fuera una obligación el mostrar respeto por el lugar en el que se vive.

Otro aspecto importante en la construcción de la identidad de Albacete (que como todas las construcciones humanas, tendrá sus cosas ciertas, pero también tiende a la idealización, por lo que con seguridad tendrá otras cosas que no serán tan ciertas) son los intentos en vano por parte de los padres para que sus hijos no hereden ciertas tradiciones. Se repite la imagen de un niño intentando coger una navaja o directamente recibiendo una y sus progenitores intentando quitársela o alejarla de él, para que no se corte, pero siempre en vano. Siempre acaba cortándose. Un punto interesante que nos habla de como es imposible que las tradiciones que por una u otra razón no queremos que se hereden, acaben pasando de generación en generación. No podemos esperar que los que vendrán después de nosotros no comentan nuestros mismos errores.

O quizás se refiere a ese punto concreto de la historia en la que una generación de padres, debido a esa supuesta globalización de finales de los noventa, quisieron que sus hijos fuesen menos locales, más globales, para lo cual debían abandonar todo lo considerado excesivamente local, que es como pedir a alguien que deje de ser su propia esencia. Pero esto es solo lo una interpretación mía.

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