Antología de poetas prostitutas chinas -Guojian Chen

Ya se ha dicho varias veces que actualmente los aficionados a la literatura disfrutamos del mayor acceso a obras de todos las épocas y países del mundo. Uno de estos países que comienzan a ser “descubiertos” por el público europeo es China, que cuenta con una tradición poética milenaria que se refleja en antologías como esta, que se centra en autoras que combinaban el oficio de poeta con el de la prostitución. La editorial Visor recoge en este libro a 29 autoras que vivieron entre el siglo V y el XIX, estableciendo una peculiar tradición que resultaría casi imposible de abarcar en su totalidad (existe otra antología publicada en china, trescientos poemas shi y ci de poetisas prostitutas de todos los tiempos, donde aparece la astronómica cifra de 177 autoras, muchas de las cuales cuentan con sus propias antologías personales), y que solo se puede entender a través de las peculiaridades históricas de China.

La poesía en China cuenta con una tradición que se extiende en el tiempo hasta épocas remotísimas. Algunos expertos datan los primeros poemas chinos en el siglo XVIII a.C. 1000 años antes de la poesía homérica. El apogeo de la poesía antigua de China se sitúa en el periodo de las dinastías Tang y Song (618-1279), conociéndose una cantidad casi innumerable de poetas: la Recopilación completa de la poesía de la dinastía Tang incluye 48900 poemas de cerca de 2200 autores y aun así, se considera tan solo una pequeña parte de la producción poética de esa época. Es admirable lo bien que conservan su poesía los chinos. No obstante, esto no es por casualidad. Durante la mayoría de las épocas de la historia china se consideraba la composición poética como un requisito básico para poder aprobar el examen que permitía acceder a los puestos de funcionario imperial. No solo se exigía un amplio conocimiento de poesía, sino que también se pedía al aspirante ser poeta, o por lo menos ser capaz de componer un poema.

Sin embargo, la poesía no era algo exclusivo de una élite burocrática, sino que se extendía a todos los estratos de la sociedad siendo comunes los poetas que ejercían de barqueros, campesinos, herreros o como en esta antología, prostitutas. Estás últimas fueron especialmente abundantes debido a que a partir del siglo VIII comienzan a aparecer por todo el imperio burdeles destinados a funcionarios o militares, generándose una competencia feroz entre las matronas que los regentaban, quienes para mejorar la calidad de sus trabajadoras, les enseñaban canto, baile y poesía con la esperanza de captar mejores clientes. Por supuesto, el hecho de ser mujer y prostituta marcó profundamente el reconocimiento de muchas de estas grandes poetas, lo que se ve reflejado en la escasez de datos biográficos que se conocen de algunas de ellas (incluso hay autoras que solo se conocen como “prostituta de X ciudad”)

Antología de poetas prostitutas chinas refleja en sus páginas como las prostitutas chinas reflejaban en verso sus frustraciones y alegrías, siendo quizá este el único medio en el cual podían expresarse libremente. El desamor, la partida del ser querido, la injusticia y discriminación social, la nostalgia de los momentos pasados en compañía del amado son los temas principales de estos versos, aunque también cuentan con su espacio otros temas más clásicos, como la amistad o la descripción de la naturaleza. Puede apreciarse una gran influencia de otras artes en esta poesía, ya que además de poetas y prostitutas, también cultivaban otras artes como la pintura, como es el caso de Ma Xianglan o músicas, como Qi Jingyun, quien tuvo cierta fama en su época como intérprete de laúd.

No obstante, en mi opinión lo más destacable de esta antología, independientemente de la calidad de sus versos, es el alcance que puede tener la poesía. Antología de poetas prostitutas chinas nos muestra como la lírica no es propiedad exclusiva de una élite artística, sino que todo el mundo, sea cual sea su profesión o su rango social, tiene la capacidad de expresarse en verso. Nada humano es ajeno a la poesía y ningún humano es por definición, ajeno a ella.

Este libro puede comprarse a través de la página de Visor Libros

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«The Poems of Ossian» – James MacPherson.

El siglo XVIII fue un siglo malo para ser escocés. La derrota de los seguidores de la Casa Steward en la batalla de Culloden (1746) y el posterior exilio de Carlos Eduardo Estuardo de las Islas Británicas supuso una autentica derrota de la cultura escocesa frente a la inglesa, una derrota espiritual. La administración británica acabó con el sistema de clanes de Escocia y se prohibieron los kilts e incluso las gaitas. Las escuelas comenzaron a dar clase en inglés en lugar de en gaélico y la cultura escocesa se comenzó a verse como algo bárbaro, haciendo que incluso escoceses ilustres como David Hume rechazasen sus propias raíces.

En este contexto, un buen día de 1761, un tal James MacPherson, publica un poema llamado Fingal, una traducción al inglés de un manuscrito en gaélico que había encontrado en un viaje por las Highlands. El autor, un antiguo bardo caledonio, de nombre Ossian, narraba las hazañas de su padre, Fingal, un héroe que ya aparecía en la poesía épica Irlandesa bajo el nombre de Finn.

El poema fue un auténtico éxito y las traducciones se extendieron por Europa como la pólvora. Aparecen traducciones al alemán, francés, castellano e incluso húngaro. Se sabe que los autores del “sturm und drang” eran muy aficionados al texto (Goethe incluso llegaría a decir que prefería a Ossian antes que a Homero), y que el propio Napoleón nunca salía de casa sin su libro de poemas de Ossian encima. El legendario bardo de Caledonia empezaba a ser conocido como “el Homero celta” por toda Europa y James Macpherson no deja de encontrar misteriosos manuscritos en Gaélico antiguo que formarían lo que hoy se conoce como The Complete Works of Ossian.

De repente, los escoceses, que acababan de ser política y culturalmente derrotados tenían un “Homero celta”. De repente, los escoceses podían sacar pecho frente a los ingleses, que no tenían más que su Beowulf y frente a los irlandeses, ya que los poemas de Ossian databan del siglo III, mucho antes que cualquier composición céltica de origen irlandés. De repente, los escoceses tenían un poeta épico que narraba grandes gestas y fazañas de una serie de “héroes escoces” que llegaría a plantarle cara incluso a Roma.

No obstante, no todo fue tan bonito. Inmediatamente algunos académicos británicos (entre los que se encontraba Samuel Johnson), comenzaron a desconfiar de los supuestos descubrimientos de MacPherson, quien no hacía más que encontrar misteriosos manuscritos en Gaélico, cuya transcripción revelaba un gaélico que no se corresponde con el del siglo III (MacPherson no dominaba el Gaélico antiguo). No obstante, no había manera real de probar la falsedad de los textos. No sería hasta finales del siglo XIX cuando se demostraría que estos poemas del bardo Ossian constituían el mayor fraude literario que se ha visto hasta la fecha.

Estudios posteriores concluyeron que James MacPherson había construido estos poemas mezclando baladas de la tradición oral y aportándoles un tono más apropiado para el siglo XVIII. En realidad los poemas en sí mismos no son tan interesantes como la historia. Ossian se caracteriza por la sencillez y el ritmo. Sus versos relatan de forma épica las gestas de guerreros con algún que otro poema dedicado a otros temas, como un himno al sol.

Curiosamente, en Irlanda todo este asunto se vio desde una óptica diferente. No consideraron a Ossian como una falsificación, sino como un robo. Los académicos Irlandeses del XVIII consideraban que James Macpherson intentaba atribuir para escocia un autor de la tradición celta que debería ser patrimonio de Irlanda. El ciclo Ossianico y la propia existencia de Ossian se consideraban indudables. La popularidad de estos poemas fue tan grande, que la poeta irlandesa de principios del XIX, Jane Wilde decidió llamar a su hijo con el mismo nombre que escogió el legendario bardo, Oscar. Si, su hijo fue Oscar Wilde. Supongo que al menos, más allá de la curiosa historia que rodean a estos poemas, podríamos decir que sin Ossian no hay Oscar Wilde.

P.D: Gracias a la Biblioteca de la Universidad de Oviedo por poner al alcance del publico libros tan antiguos y raros como este.

«El libro de la almohada» – Sei Shonagon

Es difícil hablar sobre El libro de la almohada. Esta pequeña reseña no logra hacer justicia a todo lo que viene incluido en sus páginas. Tratar de definirlo lo hace parecer algo de fuera de este mundo. En cierta manera, lo es. La autora, Sei Shonagon, era una dama de la corte de la emperatriz Sadako, en el Japón feudal del siglo XI. La cultura del país del Sol Naciente permaneció casi aislada del resto del mundo durante siglos, lo cual hace que esta cultura, incluso a día de hoy, nos parezca casi de otro planeta. De hecho, el libro fue el primero de un género que no existe más allá de las islas niponas, el zuihitsu.

Este género, cuyo nombre se traduce como “seguir la escoba” o su versión más elegante, “seguir la pluma”, consiste en diarios de reflexiones, aforismos o poemas, escasamente ligados entre sí, generalmente sobre el entorno del autor (en este caso tenemos autora!) o eventos en los que el autor se ve involucrado. En cierta medida, una especie de mini-ensayos que se acercan a la línea de la prosa poética, pero sin ser claramente ninguno de los dos. Una especie de diario escrito para ser el mejor y más interesante diario que pueda ser.

Este libro, en su versión original, es inmenso. La autora incluyo en él listados de plantas, animales e insectos. El objetivo de esto es inocente, quería catalogarlo todo, absolutamente todo. La autora, por puro pasatiempo (hay pasajes que explican que la escritura era poco más que un pasatiempo para ella), intentó escribir algo que se acerca a el libro del que Borges habla en El libro de arena, un libro infinito donde estuviese absolutamente todo. Sei Shonagon, no obstante, es consciente de su fracaso, quizás por ello no quiso que su libro se editase o siquiera fuese mostrado en público. Esto se puede entrever en algunos pasajes.

Poco se sabe de la autora de esta obra: viene firmada por Sei Shonagon, que viene a ser un nombre bastante genérico, al estilo que acostumbran a tener otros autores de obras cumbres de la literatura asiática como Tsun Zu o Lao Tse. La palabra “Shonagon” hace referencia al título de dama de la corte, mientras que “Sei” es un nombre de familia, por lo que la autora de este libro es, literalmente, “la dama de la familia Sei”. Prácticamente, no se sabe nada más de ella que no sean conjeturas basadas en el contexto histórico en el que fue escrita esta obra. Se calcula que data del año 1002.

La mejor manera de describir este libro en una palabra sería: Listas. La mayoría de los pasajes son listas, una especie de ejercicio intelectual donde la autora intenta clasificar todas las cosas, tanto las que conoce de primera mano, como las que no, en listas. Una especie de intento de clasificación del mundo. Así, podemos encontrar listas de cosas agradables, envidiables o elegantes, junto a otras listas un poco más poéticas o abstractas, como cosas que están lejos, aunque estén cerca o cosas que hacen latir deprisa el corazón

las listas vienen aderezadas con fragmentos de poesía o historias raras o curiosas que acontecían en la corte. Todo escrito desde la sencillez y la elegancia que caracterizaban a alguien de la posición de Sei Shonagon. Esta descripción haga sonar al texto como un escrito muy banal, parece que no ofrece nada más allá de su exotismo. Pero no es así.

Es cierto que cada pasaje tiene virtualmente ninguna conexión con el anterior o el siguiente. No hay trama. No hay protagonista y por poco no puede decirse que no hay personajes (Aparte de la emperatriz, el emperador, la propia autora y un perro llamado Okinamaro, casi no aparecen personajes). Sin embargo, la propia autora nos da una pista al final de la obra, “he incluido cuanto he visto y he sentido”. La clave de esta obra es el contexto, cada lista, cada anécdota, dibujan una pincelada en este cuadro de la vida cortesana en la que se encontraba su autora. Leer este libro es como asistir a la creación de un cuadro de forma pausada, sin ninguna prisa que pueda hacer que el pintor pierda la concentración y sus pinceladas sean menos precisas. Este libro no busca una trama, sino reflejar lo cotidiano, para bien o para mal. Leer esta obra es sumergirse en la corte de un emperador japonés, pero sin asombrarse ni caer en el exotismo.

En cierta manera, esto es la mayor virtud y el mayor defecto de la obra. Sei Shonagon era una mujer criada en una mentalidad feudalista. Se limita a reflejar los aspectos interesantes de la vida palaciega de Japón y oculta todos sus defectos. Cierto es que hay listas de cosas desagradables o malas, pero no pasan de lo anecdotico El libro refleja el mundo visto desde una especie de bola de cristal donde solo entra lo bueno, hasta el punto de que cualquiera cosa que no sea buena o hermosa, es poco más que una curiosidad.

Por otra parte, algunos pasajes alcanzan una profundidad asombrosa. A través de la observación de cosas mundanas, la autora logra trascender lo cotidiano y hacer reflexiones sobre la vida, la muerte y la naturaleza. Incluso pueden apreciarse lamentos acerca del inmovilismo estamental de la sociedad feudal y los sueños frustrados de la autora (que bien podrían ser los sueños frustrados de cualquier mujer culta en aquella época), que preludian, con mil años de antelación al existencialismo.

El libro de la almohada, cuyo título en versión original es Makura no Sōshi, constituye un hito en la literatura universal. Una gema pulida con humildad que logra distanciarse de cualquier género. En sí mismo constituye un fracaso, puesto que la autora no logra completar su tarea de intentar catalogar todas las cosas, pero pocas veces se logra fracasar tan elegantemente.

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